Ophelia deliraba. Dios sabrá por qué, pero Ophelia deliraba haciendo de su angustia una mortuoria saturnal de convulsiones y gemidos.
Ophelia estaba cetrina. Dejaba escapar de unos labios blancos y costrosos aúllos de cisne moribundo.
Pobre Ophelia, cantándole al final.
El sudor se acumulaba en el glorioso espacio que formaban huesudas sus clavículas. Yo amaba esas clavículas con ardor.
Llovía en su frente, empapando la cabellera larga y enmarañada.
Ophelia suspiraba con la acidez de un vagabundo, moviendo espasmódicamente unos ojos que ya no pertenecían a este mundo. Nunca pertenecieron.
Y con ese aura mística de los mártires, Ophelia alzaba los brazos hacia el edén lánguidamente, como las sílfides románticas, muertas y vírgenes.
El sudario mojado en que se había convertido su camisón dejaba entrever un acantilado enfermo y unos montes abusados.
Pobre Ophelia, Dios sabe también que no podría haber hecho nada por ella. Y yo amaba a Ophelia, más muerta que viva. Convirtiéndose en la estampa de mi más ferviente religiosidad. Conviertiendo su cuerpo expirante en un puente contemplativo entre su espíritu y el mío. Y qué hermosa estaba, entre los brazos de la Noche.
Sí, Dios sabe que la amaba; y que nunca, jamás, podría haber hecho nada por ella.
De nómadas los puentes se visten. Los vistos entre resurgida, la vía resurgida. De nómada la voz se pinta, pero sigue resurgida en las liras ventanales.
Me cuesta narrarte, voz nexo en lengua atadura.
Decirte no puedo, hilante, no puedo.
De lengua aguja.
María dejó caer la venda en sus brazos
con la catatonia entre las piernas. Creo que deliraba.
En cruz posaba su alma, pero invertida
la cruz, decía.
María sin piel, o en radioactivo caía
la piel barata en tus brazos.
En grave subsuelo,
de agua-tinta se mecía
a flote.
La pobre María entre rejas frialdades
y cuchilladas sin piel , temía.
Déjala en su vacía absenta ,
a María de catatonia abyecta
sigilosa por las vías de subsuelo. Oh, deliraba
sí, entre rejas frialdades, María invertida, de agua-sangre se reía.
Hazme callar.
Verbo de las brasas, predicado sin sujeto.
Ya te vislumbré en la lejanía presente. Hilado.
Hincaste tu boca en mi boca, y tus ojos en mis ojos, y sacrificaste el cielo en... Me naciste en el estigma de Caín; me concebiste, Verbo, vendada en una monarquía condena, bajo lo que creí surcos de hiedra enredada.
Hazme callar, Inquisidor.
Hilando espacios errantes.
Eres un niño ritual en la lividez, jerárquico de piel y sadismo. Mi narrador. Sin mal ni bien, pretendiendo la liberación entrelazada. Mi narrador, soy un aborto de voluntad extraviada.